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lunes, septiembre 28, 2015

El Duende Martín - Cuento corto





Se trataba de un duende familiar, que desde innumerables generaciones había permanecido con la familia, siguiéndoles siempre donde quiera que fuesen. Era un personaje casi invisible, en contadas ocasiones era posible vislumbrar una tenue sombra, un suave susurro en los pasillos.


Si quería anunciar alguna novedad a alguno de la familia, lo hacía apareciendo a sus espaldas; si te volvías no veías nada, pero si permanecías mirando al frente, notabas su presencia detrás de ti, y oías un suave murmullo de tono triste que desgranaba, en ocasiones con un extraño matiz de frialdad cruel, muertes, nacimientos y demás circunstancias propias de la vida de cualquier ser humano.

Era un duende casero, que se ocupaba con diligencia de barrer la casa, limpiar los establos, cortar la leña y en general, de todas las tareas más arduas del hogar. Cuentan que en una ocasión se enamoró de la criada más joven de la casa, una dulce niña de poco más de 16 años, que trabajaba por el alojamiento, la comida y la educación que recibía, tal y como era costumbre en aquellos años.

Martín –nunca se supo quién le había puesto tal nombre-, se dedicó a obsequiarla, y sobre la cama de la criadita aparecían garrapiñadas, manzanas bañadas en caramelo, ramilletes de flores recién cogidas del campo, y también hacía todas sus labores. Nunca estuvo la casa más limpia y reluciente que entonces.

La niña empezó a encariñarse de Martín, y le dijo que quería verle, a lo que el duende siempre contestaba que no.

Tanto y tanto insistió que al fin el duende accedió a ello:
- Cuando en el reloj las campanas toquen las doce, baja al sótano, provéete de luz. Allí Te espero y podrás mirarme a la cara. Yo ya te advertí y tuya será la culpa de lo que pase -.


A pesar de esta última advertencia, cuando por la casa aún resonaba la última campanada que señalaba las doce, la niña ya bajaba por las escaleras que conducían al sótano con un pequeño quinqué en su pequeña mano… La noche no escuchó nada más…

A la mañana siguiente, no la encontraron en su cama. Todos la buscaron por la casa y al final, un aparcero la encontró sentada, al final de las escaleras que conducen al sótano, con el pelo completamente blanco, muda, mirando al vacío.

Según cuentan las monjas que la acogieron, hasta su muerte, que acaeció pocos años después, nunca pronunció una palabra y solamente, cuando yacía recibiendo los auxilios postreros de su confesor, y le instó a pedir perdón a Dios por todos sus pecados, dicen que muy, muy suave, muy bajito, tanto que solamente el cura oyó, un frase brotó de sus labios secos:

Martín, Martín, perdónalo Jesús….

Aunque en la hacienda nadie sabía que la pobre niña había muerto, enseguida se notó un cambio en el comportamiento del Duende: Las trampillas se abrían de improviso y una catarata de bellotas se derramaba por la cocina. De repente la chimenea dejaba de tirar, y una nube de humo inundaba el salón. Cuando el criado indagaba para ver qué sucedía, se escuchaba como una aleteo y la chimenea tornaba a rugir…

Muchas eran las malas artes que Martín ponía en juego, tantas que la familia decidió mudarse.

Cuando las carretas con todos los enseres y la diligencia con la familia emprendían el viaje, en paralelo a la comitiva vieron una escalera de mano deslizarse por la cuneta, sin tocar el suelo, como si volase…

Pararon todos y el jefe de la familia en voz alta exclamó:

- Martín, Martín por qué nos sigues

Y todo el mundo asegura que se escuchó una voz, que saliendo de ninguna parte decía:
- ¿Pero no nos mudamos?

- ¡¡Pero Martín si nos vamos por ti!!. ¡Pero ya no nos vamos! -


Se suspendió la mudanza y todo fue volver a poner cada cosa en su sitio dentro de la casa.

Cuentan que con el tiempo Martín volvió a portarse como antaño, pero eso ya sí que es otra, u otras historias, que quizá algún día, si la melancolía vuelve a darme la mano, contaré como hacía mi querida, adorada y añorada yaya, cuando por las noches nos reunía en torno a la mesa camilla y la fantasía se demoraba sobre sus hombros como una suave bufanda y daba luz a su blanco pelo, como una aureola de plata

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